Rafael Bruza fue un prolífico autor y actor teatral santafesino, fallecido a principios de año. Su característica como dramaturgo era encontrar las capas de dolor, humor, sensibilidad y esperanza que había en cada uno de los simples personajes que creaba, fácilmente identificables para el público. Su texto “Camarines” se inscribe en esa línea, con la historia de un padre actor y un hijo que lo asiste detrás de escena, en la reconstrucción de un vínculo dañado por ausencias y distancias. La obra se estrenará esta noche, a las 22, en El Atelier (avenida Mate de Luna 2.930, estacionamiento propio), con actuaciones de Miguel Miranda y Emanuel Lobo, bajo la dirección de Patricio Gómez de la Torre.

“Existe mucha humanidad en ambos personajes. El arte nos sensibiliza, nos transparenta, nos pone en lugares completamente humanos y eso es lo más rico de la vida. Es tener la sensibilidad a flor de piel, transitar crisis, alegrías, aciertos y errores”, afirma el director, en diálogo con LA GACETA.

- ¿Cómo es la relación entre ese padre y ese hijo?

- Es inquietante y en un universo diferente respecto a los demás. La obra plantea aprendizajes mutuos, intentos por resolver inquietudes ante la ausencia del padre (abandonó a su mujer y su hijo pequeño), reproches constantes, preguntas que necesitan tener respuesta. Está presente el perdón de manera implícita. El hijo es ya un joven maduro, arquitecto, que encuentra un mundo nuevo en su rol en los camarines de los teatros. Se manifiesta el amor/miedo desde un contacto y un vínculo dañado, pero no destruído.

- ¿Hay un choque generacional, aparte del filial?

- El padre desea y busca la manera de cambiar, de acercarse, de tomar conciencia, a pesar de los años y del camino recorrido, de las mañas y de los mandatos estereotipados de una sociedad machista que le pesa sobremanera; le cuesta asumir que los tiempos han cambiado, que ser mujeriego ya no es una aventura, que querer encontrar la mujer correcta no es lo primordial, que las búsquedas en el amor de pareja no son tan importantes como construir un lazo verdadero con su hijo.

- Un actor tiene múltiples vidas sobre el escenario, ¿cuántas abajo de él?

- Interpretar múltiples vidas, encarnar personajes en diferentes obras es lo que se dilucida en “Camarines”. Cada persona tiene varias vidas posibles: ser docente en un colegio, esposo, amante, hijo, hermano, sobrino, amigo, coequiper. Tenemos todas las características de la vida de cualquier persona, con crisis existenciales, afectados en lo económico o teniendo que aceptar mandatos, desconstruírlos y volver a construírlos dentro de los parámetros que van definiendo a una sociedad en constante cambio y evolución.

- ¿El teatro les tiende un puente para entenderse o les marca la distancia entre ambos?

- En esta oportunidad, les traza un lazo para cruzar de un punto a otro. A veces los caminos que recorremos pueden tener la misma cantidad de metros, pero cada uno percibe esa distancia de manera subjetiva: a cada uno le va a parecer diferente el recorrido, a algunos les costará menos y a otros se le hará muy difícil pasar. Estar conectados y establecer un vínculo entre las personas es lo más difícil y lo más importante. Demostrar o no el amor; ser duros, pero confiables; poder guiar desde la humanidad misma entendiendo que lo que uno quiere para el otro no siempre es acertado, como así también aceptar que los hijos son diferentes y parecido a la vez.

- Bruza fue un exquisito autor, y se lamenta su muerte aún reciente, ¿lo conociste?

- Supe de su partida y quedé sorprendido. No tuve la oportunidad de conocerlo. Me gustó su narrativa, cruel, sencilla, real y mundana en tiempos modernos. Son comedias para reír pero que invitan a pensar. En esta obra me atrajo la relación padre-hijo, algo que me afecta desde lo particular, pues hace un par de años perdí a mi padre y me llevó tiempo aceptar esto. También soy papá (estoy divorciado) de David, un joven de 14 años a quien amo con toda mi alma… El texto me hizo mucha mella, me ví reflejado, sentí que había mucho de mí en la obra. No hay un modelo de padre perfecto, cada cual es como puede ser, como le toca ser, de acuerdo a las circunstancias que lo rodean. La obra constantemente evoca consejos, reflexiones y juicios…

- De algún modo, “Camarines” me remite a “El vestidor”, la obra de Ronald Harwood que además llegó al cine. ¿Hay puntos de contacto?

- Si, puede ser que se remita a “El vestidor”, más allá de que esa obra está situada en la Segunda Guerra Mundial y “Camarines” en el recorrido de una compañía itinerante por pequeños pueblos argentinos. Ambas son historias conmovedoras, con cierto humor, que tratan sobre amores, artistas, vínculos y temores que todos tenemos. El contexto histórico social de “Camarines” puede ocurrir en el pasado, en el presente y en el futuro.

- ¿Cómo fue el proceso de puesta en escena?

- Lento, arduo, cortado por la pandemia, de mucho análisis. Pudimos acordar una coproducción con El Atelier, que nos sirvió muchísimo para construir desde el espacio mismo con un diseño de movimiento que tiene en cuenta la intimidad. Los vestuarios tienen un guiño, ya que la mayoría son los que se usaron en diferentes obras que hice, actuando o dirigiendo. Cada uno tiene un significado y un recuerdo con la transición del grupo Discípulos de M.

- Precisamente, tu grupo trabaja el mimo, el clown y el teatro físico. ¿Sobre qué estetica está montada esta obra?

- Dimos un giro de 180 grados. Decidí, como director, empezar otra estética y dejar de lado el código no verbal. Hace tiempo que buscaba un texto que me llegue y trabajarlo desde la palabra en relación a la acción física. Es un desafío y como grupo siempre se buscó eso, con nuevas formas y nuevas metas. Es una manera de seguir investigando, estudiando y creciendo como artista, de no quedarnos en zonas de confort, de poder indagar otros aspectos como parte del crecimiento. Esta obra tiene una estética costumbrista y cálida, de comedia ligera con colores en relación a los momentos.